"En Wall Street, como en cualquier otra parte, existe muy enraizada una fe inquebrantable en el poder de los encantamientos. Cuando el mercado se derrumbó, muchos ciudadanos de Wall Street apreciaron inmediatamente el peligro real, esto es, que la renta y el empleo -la prosperidad, en general- se verían gravemente afectados. Una cosa semejante no debía ocurrir y para ello había que tomar alguna medida. El encantamiento preventivo exigía que todas -o tantas como fuera posible- las personas importantes repitiesen con toda la convicción de que fuesen capaces que una catástrofe semejante no ocurriría. Y esto fue lo que hicieron. Explicaron entonces que el mercado de valores era simplemente la espuma, y que la verdadera sustancia de la vida económica era la producción, el empleo y el gasto, actividades todas ellas que no serían afectadas. Ninguno de los que así hablaban estaba seguro de que las cosas se desarrollarían como decían. Pero en tanto que instrumento de política económica, el encantamiento no permite la menor duda ni el más sutil escrúpulo."
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